Sobre mí

¡Bienvenido!

Soy Josh, tras un tiempo de practica sostenida realicé un curso de instructor de Yoga en 2018 y me titulé en Biodescodificación Neuroemocional.

 

Aún habiendo vivenciando de forma personal alguna experiencia relacionada con Tantra; me introduje a este mundo en 2020. Debido a mi profunda curiosidad empecé a investigar como autodidacta, seguidamente hice una formación con Alicia Amezcua en 2021 , otra con Ananda Rudra en 2023.

 

Actualmente sigo formándome a través de Verma Katabati y otras fuentes.

Mi enfoque al impartir las sesiones siempre son desde una visión terapéutica, viendo la divinidad en cada ser que se deja guiar por mi y tratando de acoger las emociones que puedan surgir en el proceso.

Sabiendo que el hecho de incluir la zona genital en Occidente está tristemente desnaturalizado, pasando de considerarse tabú a hipersexualizarnos de forma desmedida sin tener un real conocimiento de todo lo que ello nos implica, el que podamos optar considerar aprendizajes que nos llegan de sitios donde esa visión a sido muy distinta, tratándose como una divinidad, unificando en ella nuestra parte carnal, mental y espiritual; es un regalo.

Para mí, el Tantra es, ante todo, una invitación a volver a sentir.

 

En su esencia, es un camino que nos invita a recuperar la capacidad de habitar nuestro cuerpo y permitir que aquello que ha quedado bloqueado, contenido o desconectado pueda volver a circular. No se trata solamente de sentir más, sino de darnos cuenta de lo que sentimos.

 

La palabra Tantra se ha relacionado tradicionalmente con las ideas de expansión y tejido o continuidad. Desde mi manera de entenderlo, podemos acercarnos a él como un conjunto de prácticas orientadas a la expansión de la consciencia: esa capacidad de observarnos, de darnos cuenta de lo que sucede dentro de nosotros y de relacionarnos con ello de una manera más libre y honesta.

 

Porque muchas veces vivimos profundamente identificados con nuestro personaje, con nuestra historia, con nuestros pensamientos, nuestras emociones y nuestros dramas. Y cuando estamos completamente atrapados en ellos, dejamos de percibir todo aquello que existe más allá de esa identidad.

 

El Tantra propone algo muy particular: no necesitamos alejarnos de la experiencia humana para transformarnos. Al contrario, podemos utilizarla.

 

El cuerpo, las emociones, la respiración, el movimiento, la voz, nuestras sensaciones, nuestros vínculos y también nuestra sexualidad pueden convertirse en vías de exploración y conocimiento.

 

Aquí aparece la Shakti: la energía, la fuerza vital, aquello que se expresa y se mueve en nosotros. El Tantra no plantea necesariamente rechazar el cuerpo para alcanzar algo superior, sino acoger la experiencia corporal como parte del propio camino.

 

Y precisamente por eso la sexualidad y el erotismo tienen un lugar dentro de mi trabajo.

 

No porque el Tantra sea sinónimo de sexo —no lo es—, sino porque la sexualidad es una dimensión profundamente humana que atraviesa nuestro cuerpo, nuestra identidad, nuestros vínculos, nuestras emociones y nuestra manera de relacionarnos con el placer.

 

Y es también un territorio donde existe muchísimo condicionamiento.

 

Hemos heredado, en gran medida, una relación con la sexualidad marcada por la culpa, la represión, el silencio y determinados códigos culturales y religiosos. Y, al mismo tiempo, vivimos en una sociedad profundamente sexualizada, donde consumir sexualidad no significa necesariamente conocerla, comprenderla o habitarla conscientemente.

 

Entre la represión y la hipersexualización puede existir un espacio diferente: un espacio de exploración, presencia y consciencia.

 

Ese es uno de los espacios que me interesa abrir.

 

Por eso entiendo la sala, las prácticas y los encuentros como un laboratorio de experiencia. Un lugar donde podemos investigar qué sentimos, cómo respiramos, cómo nos movemos, qué expresamos, qué retenemos, qué deseamos, qué nos da miedo y qué partes de nosotros mismos hemos aprendido a esconder.

 

No buscamos construir un personaje sexual nuevo.

 

Buscamos, poco a poco, ser más honestos con lo que ya somos.

 

Y aquello que descubrimos dentro de la sala no debería quedarse allí. La práctica cobra sentido cuando puede trasladarse a nuestra vida cotidiana: cuando empezamos a relacionarnos con nuestro cuerpo, nuestros deseos, nuestras emociones y nuestros vínculos desde un lugar más consciente, sincero y libre.

 

Porque la sexualidad no está separada del resto de nuestra vida.

 

Podemos tener muchos aspectos aparentemente ordenados y, sin embargo, vivir desconectados de nuestro deseo, de nuestro placer o de nuestro cuerpo. Y esa desconexión puede terminar condicionando profundamente nuestra manera de relacionarnos con nosotros mismos y con los demás.

 

Por eso, para mí, trabajar la sexualidad también es trabajar la relación con uno mismo.

 

Las cuatro llaves

 

En mi práctica utilizo cuatro herramientas fundamentales que nos ayudan a entrar en ese estado de presencia:

 

Respiración — profunda, consciente y conectada, para volver al cuerpo y favorecer una mayor presencia.

 

Expresión de las sensaciones — permitir que la voz exprese aquello que el cuerpo está experimentando, sin necesidad de censurarlo o intelectualizarlo.

 

Movimiento espontáneo — dejar espacio a los movimientos, temblores y respuestas corporales que aparecen cuando dejamos de controlar cada gesto y permitimos que el cuerpo se exprese.

 

Atención enfocada — permanecer presentes, observando lo que sucede sin perdernos completamente en la experiencia.

 

Estas cuatro llaves son una puerta de entrada.

 

A partir de ellas podemos explorar el cuerpo, las emociones, la energía, el erotismo, el placer, la intimidad y la sexualidad desde un lugar diferente: con más presencia, más libertad y más honestidad.

 

Eso es, para mí, el Tantra.

 

No una colección de técnicas para conseguir experiencias extraordinarias.

 

Sino una práctica para volver a estar profundamente presentes en la experiencia de estar vivos.

Un cálido abrazo!